Me acuerdo cuando vi a mi hijo por primera vez, esos enormes ojos negros mirándome con ternura y esa bella sonrisa de bebé, mi bebé… ese día toda mi vida cambió. Había amado mucho, había querido mucho, pero recién ahí comprendí el verdadero significado del amor.

De pronto este niño crece y empiezo a ver como la vida que planifique se va borrando como una foto vieja cuando tiene humedad. Noto que cada vez que le hablo está en las nubes, que no puede comer sentado y cualquier excusa es buena para levantarse de la mesa­. Veo las caras de los adultos cuando llegamos a algún lugar, y los comentarios no se hacen esperar: “sos muy blanda, le hace falta disciplina, si fuera hijo mío…”, etc. En ese momento fue cuando empecé a aislarme; porque es obvio que donde tu hijo no es bien recibido tú tampoco lo sos.

Ahí me di cuenta de que era el momento de buscar respuestas y pedir ayuda a especialistas, esperando que pudieran explicarme que le pasaba y cómo podía ayudarlo, pero lamentablemente me chocaba contra una pared.

El día que la psiquiatra infantil me dijo que tenía TDAH, no entendía de lo que hablaba, la realidad es que me explico muy poco y solo me dijo que había que medicarlo. Luego de esperar seis meses para que lo vean me dan esa respuesta tan contundente que sentí que me hacía chiquita y solo quería llorar y gritar, me empecé a preguntar que hice mal, porque nos pasaba esto a nosotros. Y digo “nosotros” porque el TDAH es un trastorno que le cambia la vida a cada integrante de la familia.

Pero no podíamos aflojar, se venía un nuevo reto, el inicio de la Primaria. En la primera semana de clases me llamaron de la escuela para decir que él no podía soportar toda la jornada escolar y lo mejor era que se retirara luego de dos horas de clases, así estuvimos un mes, entraba a las 8 y lo retiraba a las 10. Consulte por qué no dejaban que se quedara al recreo para poder conocer a sus compañeros en un ámbito lúdico y la respuesta fue negativa ya que si distorsionaba la clase no se sabía que podría pasar en el recreo. Él lloraba porque quería quedarse a jugar con los demás niños y yo que no sabía que hacer.

No contaba con las herramientas necesarias para poder respaldarlo y defenderlo como él necesitaba, mi falta de conocimiento en el tema me dejó petrificada, estaba en shock, con una beba de meses y mi nene de seis añitos que necesitaba ayuda, y yo que soy su madre no se la podía brindar. Decidí que era el momento de activar y comencé a leer todo lo que caía en mis manos sobre el tema, pase noches en la computadora investigando. Y llegó el momento en que me sentí un poquito más confiada y me di cuenta que el primer paso era dejar ir a ese niño que yo había idealizado mientras estaba embarazada y darle la bienvenida a mi chiquito de ojos lindos, dulce, sensible y generoso.

Sin recibir respuestas de parte del sistema de salud uruguayo y habiendo tanta falta de conocimiento en las escuelas públicas me encontré haciendo malabares, para poder ser aparte de mamá, acompañante terapeuta, psicomotricista, psicóloga, maestra, etc.

Luego de esperar ocho meses logré que tuviera terapia psicológica, y otra vez la montaña rusa de sensaciones. Cada logro conseguido valía mucho para mí, pero siempre aparecía un palo en la rueda. La terapeuta me dijo que mi hijo necesitaba realizar alguna clase de deporte y una maestra particular. ¿Y qué hacés cuando no podes brindarle lo que un especialista dice que está necesitando? No contaba con el dinero ya que no podía trabajar, la psiquiatra me recomendó que no fuera a una escuela de tiempo completo, y cuando no tenía psicóloga o psiquiatra tenía reunión en la escuela por su comportamiento y rendimiento, no iba a durar en ningún trabajo.

Comencé a notar que en la escuela no le iba bien y me parecía que iba más allá de su distracción, por lo que decidí hablar con la maestra y psicóloga, y luego de que se tomaran su tiempo para evaluarlo la psicóloga decidió recomendar a la psiquiatra que le dé un pase para una evaluación psicopedagoga. Mi hijo repitió primero, comenzó segundo y recién comenzó con la evaluación. Sentís que todo se hace cuesta arriba, pasa el tiempo y todo se tranca o demora.

Entonces empecé a sentirme invisible, como si nadie se diera cuenta de cómo me sentía, y no quería que mi chiquito me vea mal porque soy su referente y siempre está pendiente de que yo esté bien.

Pero no todo es gris y están esos días en que ves mejoras, esos momentos en que todo lo que haces tiene su recompensa… cuando te da un beso y dice “GRACIAS POR SER MI MAMÁ” es como que te enchufan y volves a cargar energía para seguir…seguir contra un sistema de salud y escolar injusto, que no es inclusivo, en el cual muchas familias nos sentimos desamparadas.

Así es la vida de la mamá de un niño con TDAH; donde los momentos amargos son parte de nuestra cotidianidad lo que nos hace que trabajemos más duro y que valoremos mucho más cada progreso, cada paso de nuestros hijos. Y donde el no resistir no es una opción; esta experiencia de vida me ha hecho más fuerte, vital y conocí que mis límites estaban más allá de lo que yo creía, porque por primera vez sé que formo parte de la vida de una persona de forma inevitable, con un lazo que no se romperá jamás…y ese es mi motor.

Gabriela Delgado
Mamá de un niño con TDAH